viernes, 16 de marzo de 2012

Nuestra maravillosa pequeñez

Columna de Sergio en Revista Sophia
http://www.vivisophia.com/index.php?option=com_content&view=article&id=3652&catid=76&Itemid=118

Viajamos en un auto que tiene algunos años, pero está cuidado con ese esmero propio de quienes viven afuera del circuito del derroche y valoran lo que tienen. Atravesamos las calles de un Katmandú que esta mañana amaneció luminoso. Pagodas y templos son parte constante del paisaje (muy cerca de aquí, en Lumbini, nació el príncipe Siddartha Gautama, que sería Buda. Eso ocurrió hace dos mil seiscientos años). El tránsito es caudaloso pero ordenado. Hay un aire de colaboración entre los conductores. Luego de un tiempo tomamos una carretera que, nos dicen, conduce a Tíbet, que está a mil kilómetros. Pero en el kilómetro 35 desviamos hacia la izquierda y empezamos a ascender por un camino que se va haciendo más boscoso y más bello a medida que avanzamos. Pinos altísimos se elevan desde las laderas en busca del sol y, a través de ellos, se empiezan a ver casitas como las que dibujamos en la niñez y prolijas y simétricas terrazas, como escalones alfombrados de verde, con siembra de trigo y de mostaza. Shirish, el guía, nos cuenta en un español dificultoso (que inconscientemente mezcla con inglés, y que ya hemos aprendido a entender) que cuando lleguen las lluvias, en mayo, allí mismo se sembrará arroz. La tierra, generosa, no descansa. Admiramos el paisaje mientras el silencioso Ram, el conductor, con su perenne gorra de beisbolista, nos lleva con mano segura por el borde de las cornisas.

Al cabo de casi una hora y media el camino termina en un playón y descendemos. Ahora nos queda un breve trecho de escalones. Los subimos y al llegar arriba se abre ante nosotros un valle y, detrás de él, se despliega, imponente, un templo natural, que supera a todos los templos y monumentos erigidos por la mano humana. Bajo un cielo azul hiriente, iluminada por un sol poderoso ahí está la cordillera del Himalaya, con todos sus montes y sus picos. A mi lado, sin poder contenerse, Marilen, mi mujer, que ama las montañas y ha escalado varias, empieza a llorar. Yo siento que mi pecho es pequeño para el tamaño que adquiere en ese momento mi corazón. No es posible tanta belleza, tanta majestuosidad, tanta grandeza. No cabe en la imaginación mejor preparada. Y, sin embargo, es posible. Lo estamos viendo. Está allí. Diez de esas cimas tienen más de 8 mil metros. No hay lugar más alto en el mundo. Quizás tampoco haya lugar más generoso. Esa cordillera, con sus nieves eternas, garantiza la vida de países enormes, de miles de millones de personas, de una flora y una fauna alucinantes. Lo hace con sus ríos, algunos de los más extensos y caudalosos del planeta, como el Yangtsé, el Yamuna, el Brahmaputra o el Ganges. No estamos ante un extraordinario accidente geográfico, no estamos ante montañas apabullantes. Estamos ante una espléndida, magnánima, nutricia fuente de vida.

Y estamos ante algo más. Ante un ayuda memoria. Me siento muy pequeño, en todos los sentidos, mientras miro y admiro. Es una pequeñez desconocida, que agradezco, que me hace sentir como un grano de arena en una playa, como célula en un cuerpo, como hoja en un árbol de inmensa fronda. Esa obra perfecta de la naturaleza está allí para recordarnos que no somos más altos que nuestra altura, que no somos más que lo somos: partes de un todo. Está allí, en un silencio eterno y denso, para devolvernos la humildad en el caso de que la hubiéramos perdido. Para confirmarnos que somos sólo eso. Un humilde instrumento en una portentosa sinfonía universal. Siento ganas de hincarme y agradecer. Da una enorme alegría, un trascendente alivio esto de ser devueltos a nuestra verdadera, pequeña y necesaria dimensión. Pido algo en secreto: si alguna vez me ataca el virus de la soberbia, espero que mi sistema inmunológico desenfunde de inmediato esta imagen inolvidable. Ella me devolverá a mi lugar, a mi dimensión.

Desde allí bajamos a pie, en una caminata de más de dos horas, por senderos que traviesan pequeñas aldeas, pasan junto a casas en donde vacas, cabras y pollos duermen en plantas bajas preparadas para ellos, para honrarlos como se honra aquí a todo lo viviente, y en las plantas altas se acomodan las personas, amables, curtidas, laboriosas.

Mientras descendemos, a cada tanto nos detenemos, giramos nuestras cabezas y allí atrás, como centinelas, como eternos testigos, aparecen una y otra vez las cimas nevadas. Allí quedan, donde siempre estuvieron. Y también, milagro, permanecerán adentro de nosotros. Abajo nos espera el auto y, con Ram al volante, regresamos a Katmandú agradecidos de ser una pequeña célula del planeta.

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