En este blog encontrarás textos, videos, audios, películas, libros que me acompañan en la aventura de ser mujer, mamá, esposa, amiga, hija, hermana, emprendedora. Me gusta aprender de la experiencia de los otros. Me gusta compartir mi experiencia con los demás.
jueves, 19 de abril de 2012
lunes, 16 de abril de 2012
Generación siesta
Desde los Estados Unidos, la escritora Meg Wolitzer nos habla de una nueva generación:la que elige suspender su profesión para dedicarse a la maternidad. El debate de siempre, una nueva mirada.

Amy, Jill, Roberta y Karen. Cuatro mujeres de 40 años en plena Nueva York. Todas son madres y han decidido suspender sus carreras profesionales para dedicarse de lleno a la maternidad. Han colgado los botines de la profesión y han optado por quedarse en casa. Ya llevan diez años compartiendo desayunos, llantos, pañales y mamaderas. Ahora han dicho basta. Sus hijos van al colegio y se encuentran con mucho tiempo libre; están listas para volver al ruedo. Están listas para despertarse de esa siesta que eligieron. Es la nueva generación de mujeres que, cuando las posibilidades económicas de la pareja lo permiten, deciden retirarse del mundo laboral para ser nada más y nada menos que madres. Y punto.
Amy, Jill, Roberta y Karen son el argumento de la novela The Ten Year Nap (La siesta de los diez años), de Meg Wolitzer, una escritora norteamericana de 48 años, madre de dos hijos de 17 y 13, hija de una madre feminista y, fundamentalmente, observadora de este fenómeno que puebla su ciudad de residencia. Desde Nueva York, Meg charló con Sophia sobre lo que fue observando en esta nueva generación: sus dudas, sus miedos, lo que dejan y lo que eligen al quedarse en casa.
Meg, ¿por qué empezaste a estudiar a esta generación?
Tengo que confesar algo. Yo tenía mucho prejuicio con las mujeres que decidían dejar de trabajar para quedarse en la casa. Las juzgaba muy duro. Decía: “No puedo creer que no seas capaz de hacer todo a la vez, no puedo creer que tengas que dejar de trabajar para cuidar a tus hijos”. Pero cuando yo decidí dejar de trabajar y empecé a vincularme con otras mujeres en la misma situación, las empecé a ver desde otro lado. Antes, para mí, eran mujeres muy aburridas que se dedicaban a la casa, a los hijos, y esperaban al marido cuando llegaba del trabajo para que él les contara qué había hecho. Me di cuenta, entonces, de que mi actitud era terrible, de ignorante. El mundo es muy duro, es muy complicado, y es muy difícil encontrar eso que la gente llama “equilibrio”. De hecho, no tengo ni idea de lo que es.
¿Cómo fue en tu caso? ¿Dejaste de trabajar diez años?
Al ser escritora y tener un trabajo bastante inusual, logré tener un pie adentro y uno afuera, porque trabajo desde casa. Pero, de todas maneras, lo que cambia es la valoración que uno les da a las cosas. ¿Quién dijo que trabajar para una empresa que fabrica un producto que te importa muy poco es más interesante que decir: “Me voy a quedar en casa a jugar con mi hija”?
¿El mayor dilema, entonces, es trabajo o maternidad?
Muchos lo ven de esa manera, pero yo creo que eso es falso. Las empresas hoy te hacen decidir a quien querés más, si al trabajo o a tu familia. Eso es falso. Es absurdo. Yo creo que el debate tiene que pasar por otro lado. Tiene que pasar por que cada mujer se pregunte realmente qué es lo que la hace sentirse plena, con qué quiere contribuir al mundo, dónde está su objetivo de vida. Conectarse profundamente con el deseo.
¿Qué sienten las mujeres que dejan de trabajar?
Algunas lo viven con culpa; otras no. Algunas extrañan su trabajo; otras no. Cada una trata de elegir algo y de ser consecuente con esa decisión. Lo que sí me llamó la atención es que estas mujeres no viven la vida que se imaginaron que iban a vivir, pero sí la que en ese momento decidieron. Es muy fácil proyectarse e imaginar que una puede hacerlo todo. Pero luego la realidad se pone delante de tuyo y ves que no podés. Para algunas es casi como una ofensa a su inteligencia, pero luego lo aceptan. Yo era de las que decía que nunca iba a llegar a esa situación... Lo peor es que siempre aparece alguien que te dice que trabaja, cuida a sus hijos, hace gimnasia, viaja... y vos te mirás y te preguntás: “¿Cómo hará?”. Pero en cuanto uno se pone a escarbar, resulta que trabaja medio tiempo, o que tiene una madre que recién enviudó que vive al lado de su casa, o que en realidad son los hijos de su marido...
¿Cómo se ven? ¿Se sienten seguras?
Ellas están contentas, pero muchas saben que el resto de la sociedad las mira mal. Si vas a una fiesta en Nueva York, por ejemplo, la gente te pregunta: “¿Qué hacés?”. Enseguida te juzgan y deciden cuán útil sos para el mundo. Yo he visto muchas mujeres que no trabajan que se sienten avergonzadas o invisibles por la vida que llevan.
¿Y qué sienten las que trabajan?
¡Eso es para otro libro entero! Van de acá para allá y siempre sienten que están dejando algo de lado. Si van a buscar a sus hijos al colegio el día que pueden, empiezan a fijarse qué libros están leyendo sus otros compañeros, para ver si ellas se olvidaron de comprar algo. Les pasa todo el tiempo. Tienen la sensación de que hay algo que no están haciendo. Hay momentos en que sienten que han logrado encontrar ese equilibrio. Hay días en que el trabajo ocupa tu cabeza en un ciento por ciento, pero si tu hija al día siguiente tiene fiebre, ésa es toda tu preocupación. Ellas van de un lado a otro, y uno siempre tiene la sensación de que tienen más tema de conversación, de que son más inteligentes que quienes están en la casa criando a sus hijos. Parte de un pensamiento que supone, por ejemplo, que una jefa de marketing de celulares es más interesante que quien se queda en casa con sus hijos.
Por cómo lo plantea, parece que sí, que son más interesantes...
Yo conozco muchas mujeres directoras de empresas que son mucho más aburridas que la mujer que está en la casa haciendo tortas para su hijo. Hay mucha gente que no tiene tema de conversación y que trabaja todo el día. Entregar el alma a una empresa no te hace más interesante. Desarrollar tu propia vida interior, tener tu chispa, respetar tus elecciones y disfrutarlas no tiene nada que ver con el trabajo que tengas. Hay una dicotomía entre el mundo de la casa y el mundo del trabajo, como si no pudieran tocarse, unirse. Y el mundo del hogar es visto como lo más chato y aburrido del planeta. ¡Pero eso no es así! Al contrario, eso es lo que permite que el mundo siga. De todas maneras, yo no quiero defender a las mujeres que se quedan en la casa, porque lo que quise, planteando la vida de estas cuatro mujeres, es eliminar esa polémica maternidad versus trabajo. Lo que yo busqué es maternidad y trabajo.
Uno de los temas más fuertes es qué hacen con la ambición las que no trabajan.
Seguro. Pero si uno se detiene a pensar qué es la pasión que la mueve, puede llegar a decir frases del tipo “yo no nací para esto, yo no nací para que la empresa tenga más plata”. Yo era muy ambiciosa. Cuando era chica, quería llenar el mundo de ideas. Pero, a medida que fui creciendo, todo se limita un poco. Las posibilidades se acortan y, por eso, justamente, las mujeres se toman esta siesta a la mitad de la vida, cuando aparecen las preguntas. En esta etapa, uno se para frente al espejo y se pregunta: “¿Qué quiero hacer de mi vida?”.
¿Para vos fue positivo quedarte en tu casa?
Me pasó algo fabuloso. Yo usaba todo el tiempo mi cabeza, mi cerebro. Escribiendo, entregando informes en editoriales. De repente, me di cuenta de que estaba mucho más descansada. Me conectaba con otro lado de mi cuerpo; en realidad, me conectaba con mi cuerpo. Dar de mamar a tu hijo y que no te importe nada más en el mundo; no salir a la calle; sentir que no hay ningún lugar al que te interese ir porque estás ahí, feliz con él, eso es maravilloso. Fue como un descanso. Sentí como que la presión se evaporaba. Era algo muy físico. Estaba muy cansada de la vida que estaba llevando.
¿Qué pasa con la pareja? Existe como un miedo latente en muchas mujeres de volverse menos “interesantes” para sus maridos...
Seguramente a tu pareja no le va a modificar que le cuentessi fuiste o no al supermercado, pero cuando uno conoce a alguien y planifica una vida, hay otras cosas que pesan; es una comunicación mucho más profunda la que cuenta y la que imagino prevalece en esos momentos.
En definitiva, pareciera como si el miedo de muchas mujeres estuviera ligado a la imagen...
A la gente le preocupa ser invisible, no ser interesante. Le preocupa no proyectar cierta imagen. Pero el problema es justamente ése. Vivir desde afuera y no conectarse con uno mismo. Vivir la vida como si fuera una biografía y no una vida real. Si uno se pregunta todo el tiempo cómo quiere que lo vean y no se pregunta cómo quiere vivir la vida me atrevería a decir que ese vínculo que uno tiene con uno mismo es algo flojo. ¿Qué me importa cómo me vean los demás?
¿Cómo es la vuelta después de la siesta?
Muy difícil. El mundo laboral no está preparado para que te vayas y vuelvas. Y, ojo, que cuando yo digo siesta, no digo que uno se dedique a dormir durante diez años, sino que luego de estar criando a sus hijos diez años, levanta la cabeza y se plantee: “¿Ahora qué?”. El mundo laboral espera que uno esté siempre listo, como si uno anduviera con un portafolio bajo el brazo, pero la gente cambia, cambia de trabajo, se harta, se cansa. Si uno tiene una determinación, una pasión muy fuerte, y quiere volver, finalmente lo logra. La maternidad no te anula como persona, no te elimina del sistema.
¿Cómo era este dilema en las generaciones anteriores?
Era mucho más claro. En mi caso, tuve una madre feminista sin saber ella que era feminista. Ella era la típica ama de casa de los suburbios, teníamos un solo auto y nunca íbamos a Nueva York. Las mujeres de esa época no se lo cuestionaban. Pero ella se aburría y se puso a escribir. Y la gente le decía: “Muy lindo lo que escribís, pero mejor volvé a tu casa a cocinar”. Las cosas fueron cambiando y se juntó con otras mujeres, y todas empezaron a mostrarse insatisfechas. Aprendió a manejar, se fue a la ciudad, y nos educó en libertad, con la idea de que podíamos hacer lo que quisiéramos.

Meg Wolitzer, la autora
Wolitzer es una escritora americana, madre de dos hijos que vive en Nueva York. En sus libros disecciona la realidad de miles de mujeres de hoy. A sus 50 años, lleva publicadas varias novelas, entre ellas This is your life fue llevada al cine en 1988, adaptada por Nora Ephron. Actualmente es además profersora en la universidad de columbia.

Amy, Jill, Roberta y Karen. Cuatro mujeres de 40 años en plena Nueva York. Todas son madres y han decidido suspender sus carreras profesionales para dedicarse de lleno a la maternidad. Han colgado los botines de la profesión y han optado por quedarse en casa. Ya llevan diez años compartiendo desayunos, llantos, pañales y mamaderas. Ahora han dicho basta. Sus hijos van al colegio y se encuentran con mucho tiempo libre; están listas para volver al ruedo. Están listas para despertarse de esa siesta que eligieron. Es la nueva generación de mujeres que, cuando las posibilidades económicas de la pareja lo permiten, deciden retirarse del mundo laboral para ser nada más y nada menos que madres. Y punto.
Amy, Jill, Roberta y Karen son el argumento de la novela The Ten Year Nap (La siesta de los diez años), de Meg Wolitzer, una escritora norteamericana de 48 años, madre de dos hijos de 17 y 13, hija de una madre feminista y, fundamentalmente, observadora de este fenómeno que puebla su ciudad de residencia. Desde Nueva York, Meg charló con Sophia sobre lo que fue observando en esta nueva generación: sus dudas, sus miedos, lo que dejan y lo que eligen al quedarse en casa.
Meg, ¿por qué empezaste a estudiar a esta generación?
Tengo que confesar algo. Yo tenía mucho prejuicio con las mujeres que decidían dejar de trabajar para quedarse en la casa. Las juzgaba muy duro. Decía: “No puedo creer que no seas capaz de hacer todo a la vez, no puedo creer que tengas que dejar de trabajar para cuidar a tus hijos”. Pero cuando yo decidí dejar de trabajar y empecé a vincularme con otras mujeres en la misma situación, las empecé a ver desde otro lado. Antes, para mí, eran mujeres muy aburridas que se dedicaban a la casa, a los hijos, y esperaban al marido cuando llegaba del trabajo para que él les contara qué había hecho. Me di cuenta, entonces, de que mi actitud era terrible, de ignorante. El mundo es muy duro, es muy complicado, y es muy difícil encontrar eso que la gente llama “equilibrio”. De hecho, no tengo ni idea de lo que es.
¿Cómo fue en tu caso? ¿Dejaste de trabajar diez años?
Al ser escritora y tener un trabajo bastante inusual, logré tener un pie adentro y uno afuera, porque trabajo desde casa. Pero, de todas maneras, lo que cambia es la valoración que uno les da a las cosas. ¿Quién dijo que trabajar para una empresa que fabrica un producto que te importa muy poco es más interesante que decir: “Me voy a quedar en casa a jugar con mi hija”?
¿El mayor dilema, entonces, es trabajo o maternidad?
Muchos lo ven de esa manera, pero yo creo que eso es falso. Las empresas hoy te hacen decidir a quien querés más, si al trabajo o a tu familia. Eso es falso. Es absurdo. Yo creo que el debate tiene que pasar por otro lado. Tiene que pasar por que cada mujer se pregunte realmente qué es lo que la hace sentirse plena, con qué quiere contribuir al mundo, dónde está su objetivo de vida. Conectarse profundamente con el deseo.
¿Qué sienten las mujeres que dejan de trabajar?
Algunas lo viven con culpa; otras no. Algunas extrañan su trabajo; otras no. Cada una trata de elegir algo y de ser consecuente con esa decisión. Lo que sí me llamó la atención es que estas mujeres no viven la vida que se imaginaron que iban a vivir, pero sí la que en ese momento decidieron. Es muy fácil proyectarse e imaginar que una puede hacerlo todo. Pero luego la realidad se pone delante de tuyo y ves que no podés. Para algunas es casi como una ofensa a su inteligencia, pero luego lo aceptan. Yo era de las que decía que nunca iba a llegar a esa situación... Lo peor es que siempre aparece alguien que te dice que trabaja, cuida a sus hijos, hace gimnasia, viaja... y vos te mirás y te preguntás: “¿Cómo hará?”. Pero en cuanto uno se pone a escarbar, resulta que trabaja medio tiempo, o que tiene una madre que recién enviudó que vive al lado de su casa, o que en realidad son los hijos de su marido...
¿Cómo se ven? ¿Se sienten seguras?
Ellas están contentas, pero muchas saben que el resto de la sociedad las mira mal. Si vas a una fiesta en Nueva York, por ejemplo, la gente te pregunta: “¿Qué hacés?”. Enseguida te juzgan y deciden cuán útil sos para el mundo. Yo he visto muchas mujeres que no trabajan que se sienten avergonzadas o invisibles por la vida que llevan.
¿Y qué sienten las que trabajan?
¡Eso es para otro libro entero! Van de acá para allá y siempre sienten que están dejando algo de lado. Si van a buscar a sus hijos al colegio el día que pueden, empiezan a fijarse qué libros están leyendo sus otros compañeros, para ver si ellas se olvidaron de comprar algo. Les pasa todo el tiempo. Tienen la sensación de que hay algo que no están haciendo. Hay momentos en que sienten que han logrado encontrar ese equilibrio. Hay días en que el trabajo ocupa tu cabeza en un ciento por ciento, pero si tu hija al día siguiente tiene fiebre, ésa es toda tu preocupación. Ellas van de un lado a otro, y uno siempre tiene la sensación de que tienen más tema de conversación, de que son más inteligentes que quienes están en la casa criando a sus hijos. Parte de un pensamiento que supone, por ejemplo, que una jefa de marketing de celulares es más interesante que quien se queda en casa con sus hijos.
Por cómo lo plantea, parece que sí, que son más interesantes...
Yo conozco muchas mujeres directoras de empresas que son mucho más aburridas que la mujer que está en la casa haciendo tortas para su hijo. Hay mucha gente que no tiene tema de conversación y que trabaja todo el día. Entregar el alma a una empresa no te hace más interesante. Desarrollar tu propia vida interior, tener tu chispa, respetar tus elecciones y disfrutarlas no tiene nada que ver con el trabajo que tengas. Hay una dicotomía entre el mundo de la casa y el mundo del trabajo, como si no pudieran tocarse, unirse. Y el mundo del hogar es visto como lo más chato y aburrido del planeta. ¡Pero eso no es así! Al contrario, eso es lo que permite que el mundo siga. De todas maneras, yo no quiero defender a las mujeres que se quedan en la casa, porque lo que quise, planteando la vida de estas cuatro mujeres, es eliminar esa polémica maternidad versus trabajo. Lo que yo busqué es maternidad y trabajo.
Uno de los temas más fuertes es qué hacen con la ambición las que no trabajan.
Seguro. Pero si uno se detiene a pensar qué es la pasión que la mueve, puede llegar a decir frases del tipo “yo no nací para esto, yo no nací para que la empresa tenga más plata”. Yo era muy ambiciosa. Cuando era chica, quería llenar el mundo de ideas. Pero, a medida que fui creciendo, todo se limita un poco. Las posibilidades se acortan y, por eso, justamente, las mujeres se toman esta siesta a la mitad de la vida, cuando aparecen las preguntas. En esta etapa, uno se para frente al espejo y se pregunta: “¿Qué quiero hacer de mi vida?”.
¿Para vos fue positivo quedarte en tu casa?
Me pasó algo fabuloso. Yo usaba todo el tiempo mi cabeza, mi cerebro. Escribiendo, entregando informes en editoriales. De repente, me di cuenta de que estaba mucho más descansada. Me conectaba con otro lado de mi cuerpo; en realidad, me conectaba con mi cuerpo. Dar de mamar a tu hijo y que no te importe nada más en el mundo; no salir a la calle; sentir que no hay ningún lugar al que te interese ir porque estás ahí, feliz con él, eso es maravilloso. Fue como un descanso. Sentí como que la presión se evaporaba. Era algo muy físico. Estaba muy cansada de la vida que estaba llevando.
¿Qué pasa con la pareja? Existe como un miedo latente en muchas mujeres de volverse menos “interesantes” para sus maridos...
Seguramente a tu pareja no le va a modificar que le cuentessi fuiste o no al supermercado, pero cuando uno conoce a alguien y planifica una vida, hay otras cosas que pesan; es una comunicación mucho más profunda la que cuenta y la que imagino prevalece en esos momentos.
En definitiva, pareciera como si el miedo de muchas mujeres estuviera ligado a la imagen...
A la gente le preocupa ser invisible, no ser interesante. Le preocupa no proyectar cierta imagen. Pero el problema es justamente ése. Vivir desde afuera y no conectarse con uno mismo. Vivir la vida como si fuera una biografía y no una vida real. Si uno se pregunta todo el tiempo cómo quiere que lo vean y no se pregunta cómo quiere vivir la vida me atrevería a decir que ese vínculo que uno tiene con uno mismo es algo flojo. ¿Qué me importa cómo me vean los demás?
¿Cómo es la vuelta después de la siesta?
Muy difícil. El mundo laboral no está preparado para que te vayas y vuelvas. Y, ojo, que cuando yo digo siesta, no digo que uno se dedique a dormir durante diez años, sino que luego de estar criando a sus hijos diez años, levanta la cabeza y se plantee: “¿Ahora qué?”. El mundo laboral espera que uno esté siempre listo, como si uno anduviera con un portafolio bajo el brazo, pero la gente cambia, cambia de trabajo, se harta, se cansa. Si uno tiene una determinación, una pasión muy fuerte, y quiere volver, finalmente lo logra. La maternidad no te anula como persona, no te elimina del sistema.
¿Cómo era este dilema en las generaciones anteriores?
Era mucho más claro. En mi caso, tuve una madre feminista sin saber ella que era feminista. Ella era la típica ama de casa de los suburbios, teníamos un solo auto y nunca íbamos a Nueva York. Las mujeres de esa época no se lo cuestionaban. Pero ella se aburría y se puso a escribir. Y la gente le decía: “Muy lindo lo que escribís, pero mejor volvé a tu casa a cocinar”. Las cosas fueron cambiando y se juntó con otras mujeres, y todas empezaron a mostrarse insatisfechas. Aprendió a manejar, se fue a la ciudad, y nos educó en libertad, con la idea de que podíamos hacer lo que quisiéramos.

Meg Wolitzer, la autora
Wolitzer es una escritora americana, madre de dos hijos que vive en Nueva York. En sus libros disecciona la realidad de miles de mujeres de hoy. A sus 50 años, lleva publicadas varias novelas, entre ellas This is your life fue llevada al cine en 1988, adaptada por Nora Ephron. Actualmente es además profersora en la universidad de columbia.
sábado, 14 de abril de 2012
La película El planeta libre
En un pequeño y lejano planeta, su población con apariencia igual a la humana anda por el año 6000, y esa sociedad está tan avanzada que, entre otras cosas, han prescindido hace mucho tiempo del dinero y de la dependencia de casi todos los objetos materiales. La vida promedio de esos seres evolucionados dura alrededor de 250 años, se comunican telepáticamente y sus actividades se desarrollan en un completo y armónico contacto con la naturaleza.
En la reunión anual del planeta, donde intercambian libremente sus productos fruto del trabajo y deciden en forma comunitaria sus viajes, surge siempre la misma pregunta: "¿Alguien quiere ir a la Tierra?". Nadie se atreve a hacer un viaje a este peligroso y primitivo mundo, hasta que Mila, la hija del último hombre que visitó La Tierra, se ofrece como voluntaria.
Al llegar aterriza en París, en medio del caos urbano de la gran ciudad, y se producen todo tipo de situaciones graciosas pero que a la vez nos hacen reflexionar profundamente. En cada ocasión que Mila entra en contacto con un humano, se activan sus ondas y provocan cambios en las actitudes y comportamientos de los terrícolas gracias a un "programa suave" de desconexión. Asimismo en casos excepcionales Mila también puede activar a voluntad un "programa fuerte", el cual desconecta casi por completo al humano de su realidad terrestre.
Así a través de estas situaciones y de los ojos de alguien que no vive la cotidianeidad de nuestras actividades habituales, podemos descubrir con humor, ingenuidad y también si poseemos una suficiente dosis de autocrítica, diversos aspectos de nuestra alienada sociedad, sus distorsiones, sus contradicciones, los caminos sin salida en los que a veces transitamos, y muchas conductas aberrantes que dentro de las pautas de la civilización solemos juzgar como "normales". De igual manera la película nos ofrece un muestrario de las asombrosas cosas que pueden pasar en nuestras vidas si "conectamos" con otras realidades y otros niveles de conciencia.
Por medio del buen humor como su principal recurso, esta película invita a un excelente ejercicio para entender de qué manera y sin darnos cuenta, solemos encuadrarnos en modelos mentales y paradigmas que rigen la realidad circundante, dictándonos en forma inconsciente los parámetros de "lo que debe ser", y las pautas culturales acerca de la forma en que pensamos y actuamos.
lunes, 9 de abril de 2012
Las 11 cosas que los maestros de tus hijos no te dicen
Lidiar con niños pequeños no es nada fácil, así que no nos diga que nuestro trabajo es “muy lindo” y que le gustaría dibujar y colorear todo el día.
No nos culpen si su hijo reprueba porque no soporta la exigencia de los colegios, con mucha carga horaria, a los que ustedes insisten que el chico asista.
No soy consejera matrimonial. Cuando tenga una reunión con usted, hablemos sólo de los avances de su hijo, y no de que su esposo no la ayuda en la casa.
A veces sus hijos no respetan al prójimo. Pero cuando en una entrevista, ustedes gritan, nos menosprecian o insultan, ahí entendemos perfectamente por qué ese chico también lo hace. Los modales de los alumnos son reflejo de los de sus padres.
Antes, los chicos salían al patio a jugar y resolvían solos sus diferencias. Ahora, en la era de la tecnología, no tienen habilidades para comunicarse. No saben cómo arreglar sus rencillas, y acuden a la maestra para que ella las solucione.
Su hijo quizá sea el centro de su universo, pero yo tengo que compartir el mío con otros 25 chicos.
Por favor, pida a su hijo que no envíe mensajes de texto por su celular en horas de clase.
Algunos futbolistas ganan sumas millonarias al año por patear una pelota durante 90 minutos en cada partido. Nosotros educamos a los líderes del futuro, y ganamos muchísimo menos que los futbolistas.
Los chicos revelan los secretos de la familia: dinero, religión, política, la vasectomía de papá...
Enséñeles todos los hábitos de higiene, ¡incluyendo el del control de piojos! Revisar las cabezas de todos los chicos nos lleva mucho tiempo y no podemos solucionar el problema en la escuela.
Solemos recordar a los niños que son alegres, respetuosos y de buen corazón, y no forzosamente a los que sacan las calificaciones más altas.
No nos culpen si su hijo reprueba porque no soporta la exigencia de los colegios, con mucha carga horaria, a los que ustedes insisten que el chico asista.
No soy consejera matrimonial. Cuando tenga una reunión con usted, hablemos sólo de los avances de su hijo, y no de que su esposo no la ayuda en la casa.
A veces sus hijos no respetan al prójimo. Pero cuando en una entrevista, ustedes gritan, nos menosprecian o insultan, ahí entendemos perfectamente por qué ese chico también lo hace. Los modales de los alumnos son reflejo de los de sus padres.
Antes, los chicos salían al patio a jugar y resolvían solos sus diferencias. Ahora, en la era de la tecnología, no tienen habilidades para comunicarse. No saben cómo arreglar sus rencillas, y acuden a la maestra para que ella las solucione.
Su hijo quizá sea el centro de su universo, pero yo tengo que compartir el mío con otros 25 chicos.
Por favor, pida a su hijo que no envíe mensajes de texto por su celular en horas de clase.
Algunos futbolistas ganan sumas millonarias al año por patear una pelota durante 90 minutos en cada partido. Nosotros educamos a los líderes del futuro, y ganamos muchísimo menos que los futbolistas.
Los chicos revelan los secretos de la familia: dinero, religión, política, la vasectomía de papá...
Enséñeles todos los hábitos de higiene, ¡incluyendo el del control de piojos! Revisar las cabezas de todos los chicos nos lleva mucho tiempo y no podemos solucionar el problema en la escuela.
Solemos recordar a los niños que son alegres, respetuosos y de buen corazón, y no forzosamente a los que sacan las calificaciones más altas.
domingo, 8 de abril de 2012
Reflexiones sobre nuestra forma de vivir
¿Para qué trabajamos?
Sergio Sinay / Paidos
"Trabajamos, como promedio, una tercera parte de nuestro tiempo cotidiano. ¿Para qué? ¿Para vivir? ¿Para vivir cómo? ¿Para hacer qué cosa con nuestras vidas?", reflexiona Sergio Sinay en este libro que indaga sobre la insatisfacción existencial que agobia a la sociedad actual. Sin bajar línea, en estas páginas pueden encontrarse herramientas para cuestionarnos sobre nuestra relación con el mundo laboral y el sentido de nuestras vidas.
176 paginas
Un extracto...
Esclavos autocontrolados
En tiempos de fugacidad, de frágil memoria, de abundante superficialidad, de banalidad rampante, como son los presentes, viene a cuento recordar la historia y los nombres de los Mártires de Chicago, así como las razones de ese martirologio. Mientras cada 1º de mayo se convierte, simplemente, en una fecha en rojo en el calendario y un hueco oscuro en la memoria colectiva, aquellas ocho horas, finalmente conseguidas, se han esfumado. Hoy se trabaja mucho más que eso. Lo hacen quienes están en relación de dependencia y quienes se sienten libres de patrones y horarios. Así, lo que sobre fines del siglo XIX era aún una práctica salvaje es hoy un encantamiento sutil.
El trabajo sin horario y sin días francos ya no es una imposición; hoy toma a menudo la engañosa forma de una elección. No estamos, por cierto, en el siglo XIX ni en los tramos iniciales del sigo XX, de manera que son otras las cosas que se ven y oyen. En un bar, en un restaurante, en una sala de espera, en el vagón del subterráneo, en la cola de un banco suenan los celulares y la mayoría de las conversaciones que se escuchan tienen que ver con trabajo. No hay placer en ellas, no hay disfrute ni inspiración. Se trata de diálogos ansiosos: hay irritación, urgencia, exigencia. Quienes los mantienen no están en un lugar de trabajo cautivo, pero están cautivos del trabajo. Si apagan el celular temen quedar afuera de un circuito, perderse algo (¿acaso el trabajo mismo?). Si no fuera así, si tomaran la decisión de desconectarse por un tiempo, quizás un tiempo necesario de introspección, de atender una cuestión personal prioritaria, de volver a la intimidad, es muy posible que se encuentren con todo tipo de reproches y reclamos por semejante insensatez. ¿A quién se le ocurre apartarse por un instante de la red de llamados, mensajes, correos electrónicos, muros, tweets, más aún en horas de trabajo? Horas de trabajo, hoy, son todas. Los discursos sobre autonomía, sobre ser dueño de los propios tiempos, sobre trabajar "cómodo" y demás cuestiones similares dicen otra cosa. Lo que prueba el éxito del marketing de la nueva y embozada taylorización. Ya no se necesitan tantos ni tan rigurosos controladores de tiempo y rendimiento, cronómetro en mano. Esos time-controlers se han instalado ahora en el interior de las personas y funcionan desde allí.
Como advierte con lucidez Thomas Moore en Un trabajo con alma, hay una opción esencial que consiste en tener un trabajo para la vida o una vida para el trabajo. En el primer caso, se forja el carácter, se enriquece la personalidad, hay una comprensión de lo que se aporta al mundo y a los demás a través del propio quehacer. Es la suma de los atributos personales a la totalidad que se comparte. En el segundo caso, el trabajo (independientemente de lo que se haga, cómo, en qué entorno) se convierte en un embudo por el cual se escurren irremediablemente las energías que se quitan a los vínculos o a cualquier otra manifestación valiosa de la propia vida. Moore acude a recientes estudios acerca de cómo se sienten las personas en relación con su vida laboral, según los cuales hay una insatisfacción manifiesta a pesar de los avances proporcionados por las nuevas tecnologías. Un número creciente de personas -cita Moore- cree que su trabajo influye negativamente en su vida personal y tie- nen menos tiempo para dedicar a su familia, sus amigos, su salud, sus aficiones, sus intereses personales intransferibles. "Las tecnologías modernas -concluye- difuminan las fronteras entre el trabajo y el hogar".
Lo que conviene agregar es que esa difuminación no se agota en los planos temporal y espacial, sino que se transmite al psíquico y al emocional, al punto en que, aun con la ilusión de libertad, de manejar horarios y movimientos, una masa crítica de personas nunca dejan de estar en el trabajo, se han fundido con él en una cocción a fuego lento. Están conectados mientras comen, mientras duermen, mientras están de vacaciones; están conectados aun cuando por un instante dejan sus utensilios tecnológicos (aparatos que ya parecen extensiones de sus miembros). Porque sus mentes no se desconectan nunca. Muchas personas pueden no ver a sus hijos porque sus compromisos laborales se lo impiden o pueden separarse de sus parejas antes que separarse de su trabajo.
Cuando esto ocurre, la capacidad (y necesidad) transformadora de los seres humanos deja de encontrar cauces creativos y fecundantes, se vacía de sentido (aunque luzca lucrativa, productiva y exitosa) y el trabajo ya no es medio de trascendencia, sino un fin en sí mismo.
A remar se ha dicho
¿Obedece esta obsesión simplemente a un desmesurado "amor" por la tarea que se realiza? ¿De dónde nace tanta infatigable aplicación? Quizás no sea hija del amor sino del espanto. El sábado 16 de enero de 2010, cuando el fantasma de la más globalizada crisis económica ya se aposentaba sobre las primeras economías del mundo y amenazaba a todas las demás (en la Argentina un sueño necio hacía decir a las autoridades y a sus corifeos que aquí ningún virus llegaría), el diario El País, de Madrid, citaba palabras del británico James Muir, flamante presidente de Seat, filial española de Volkswagen. Muir pedía a sus galeotes más ventas, más cifras, más réditos. Lo mismo que, a su vez, le exigían a él sus amos, los accionistas. "No todos reman en este barco en la misma dirección -bramaba-, de modo que echaré a quienes no remen. Necesitamos un equipo ganador". Esa misma semana, apoyó su exigencia con hechos: despidió a 330 ejecutivos y cargos medios. "Implicar a los empleados y lograr así que sean más productivos es uno de los mandamientos del ejecutivo moderno", comentaba el diario. Allí mismo, Miguel Angel García, profesor de Sociología en la Universidad de Valencia, explicaba que "las empresas estudian sistemáticamente el rendimiento de los trabajadores y la fórmula más habitual es analizar el rendimiento por objetivos". Esto no quita que aun en los años de rendimientos más positivos los planteles se reduzcan de forma masiva en grandes corporaciones y bancos, señalaba el especialista. La decana de Psicología en la Escuela de Negocios IE University, Cristina Simón, aportaba lo suyo: las empresas, decía, tienden a descartar aquellos perfiles con menos capacidad de adaptación a una cultura más agresiva, más comercial. Sólo que no lo llaman "despido", sino, como prefirió denominarlo falazmente Muir, "estrategias para llevar a buen puerto un proyecto". (...).
Sergio Sinay / Paidos
"Trabajamos, como promedio, una tercera parte de nuestro tiempo cotidiano. ¿Para qué? ¿Para vivir? ¿Para vivir cómo? ¿Para hacer qué cosa con nuestras vidas?", reflexiona Sergio Sinay en este libro que indaga sobre la insatisfacción existencial que agobia a la sociedad actual. Sin bajar línea, en estas páginas pueden encontrarse herramientas para cuestionarnos sobre nuestra relación con el mundo laboral y el sentido de nuestras vidas.
176 paginas
Un extracto...
Esclavos autocontrolados
En tiempos de fugacidad, de frágil memoria, de abundante superficialidad, de banalidad rampante, como son los presentes, viene a cuento recordar la historia y los nombres de los Mártires de Chicago, así como las razones de ese martirologio. Mientras cada 1º de mayo se convierte, simplemente, en una fecha en rojo en el calendario y un hueco oscuro en la memoria colectiva, aquellas ocho horas, finalmente conseguidas, se han esfumado. Hoy se trabaja mucho más que eso. Lo hacen quienes están en relación de dependencia y quienes se sienten libres de patrones y horarios. Así, lo que sobre fines del siglo XIX era aún una práctica salvaje es hoy un encantamiento sutil.
El trabajo sin horario y sin días francos ya no es una imposición; hoy toma a menudo la engañosa forma de una elección. No estamos, por cierto, en el siglo XIX ni en los tramos iniciales del sigo XX, de manera que son otras las cosas que se ven y oyen. En un bar, en un restaurante, en una sala de espera, en el vagón del subterráneo, en la cola de un banco suenan los celulares y la mayoría de las conversaciones que se escuchan tienen que ver con trabajo. No hay placer en ellas, no hay disfrute ni inspiración. Se trata de diálogos ansiosos: hay irritación, urgencia, exigencia. Quienes los mantienen no están en un lugar de trabajo cautivo, pero están cautivos del trabajo. Si apagan el celular temen quedar afuera de un circuito, perderse algo (¿acaso el trabajo mismo?). Si no fuera así, si tomaran la decisión de desconectarse por un tiempo, quizás un tiempo necesario de introspección, de atender una cuestión personal prioritaria, de volver a la intimidad, es muy posible que se encuentren con todo tipo de reproches y reclamos por semejante insensatez. ¿A quién se le ocurre apartarse por un instante de la red de llamados, mensajes, correos electrónicos, muros, tweets, más aún en horas de trabajo? Horas de trabajo, hoy, son todas. Los discursos sobre autonomía, sobre ser dueño de los propios tiempos, sobre trabajar "cómodo" y demás cuestiones similares dicen otra cosa. Lo que prueba el éxito del marketing de la nueva y embozada taylorización. Ya no se necesitan tantos ni tan rigurosos controladores de tiempo y rendimiento, cronómetro en mano. Esos time-controlers se han instalado ahora en el interior de las personas y funcionan desde allí.
Como advierte con lucidez Thomas Moore en Un trabajo con alma, hay una opción esencial que consiste en tener un trabajo para la vida o una vida para el trabajo. En el primer caso, se forja el carácter, se enriquece la personalidad, hay una comprensión de lo que se aporta al mundo y a los demás a través del propio quehacer. Es la suma de los atributos personales a la totalidad que se comparte. En el segundo caso, el trabajo (independientemente de lo que se haga, cómo, en qué entorno) se convierte en un embudo por el cual se escurren irremediablemente las energías que se quitan a los vínculos o a cualquier otra manifestación valiosa de la propia vida. Moore acude a recientes estudios acerca de cómo se sienten las personas en relación con su vida laboral, según los cuales hay una insatisfacción manifiesta a pesar de los avances proporcionados por las nuevas tecnologías. Un número creciente de personas -cita Moore- cree que su trabajo influye negativamente en su vida personal y tie- nen menos tiempo para dedicar a su familia, sus amigos, su salud, sus aficiones, sus intereses personales intransferibles. "Las tecnologías modernas -concluye- difuminan las fronteras entre el trabajo y el hogar".
Lo que conviene agregar es que esa difuminación no se agota en los planos temporal y espacial, sino que se transmite al psíquico y al emocional, al punto en que, aun con la ilusión de libertad, de manejar horarios y movimientos, una masa crítica de personas nunca dejan de estar en el trabajo, se han fundido con él en una cocción a fuego lento. Están conectados mientras comen, mientras duermen, mientras están de vacaciones; están conectados aun cuando por un instante dejan sus utensilios tecnológicos (aparatos que ya parecen extensiones de sus miembros). Porque sus mentes no se desconectan nunca. Muchas personas pueden no ver a sus hijos porque sus compromisos laborales se lo impiden o pueden separarse de sus parejas antes que separarse de su trabajo.
Cuando esto ocurre, la capacidad (y necesidad) transformadora de los seres humanos deja de encontrar cauces creativos y fecundantes, se vacía de sentido (aunque luzca lucrativa, productiva y exitosa) y el trabajo ya no es medio de trascendencia, sino un fin en sí mismo.
A remar se ha dicho
¿Obedece esta obsesión simplemente a un desmesurado "amor" por la tarea que se realiza? ¿De dónde nace tanta infatigable aplicación? Quizás no sea hija del amor sino del espanto. El sábado 16 de enero de 2010, cuando el fantasma de la más globalizada crisis económica ya se aposentaba sobre las primeras economías del mundo y amenazaba a todas las demás (en la Argentina un sueño necio hacía decir a las autoridades y a sus corifeos que aquí ningún virus llegaría), el diario El País, de Madrid, citaba palabras del británico James Muir, flamante presidente de Seat, filial española de Volkswagen. Muir pedía a sus galeotes más ventas, más cifras, más réditos. Lo mismo que, a su vez, le exigían a él sus amos, los accionistas. "No todos reman en este barco en la misma dirección -bramaba-, de modo que echaré a quienes no remen. Necesitamos un equipo ganador". Esa misma semana, apoyó su exigencia con hechos: despidió a 330 ejecutivos y cargos medios. "Implicar a los empleados y lograr así que sean más productivos es uno de los mandamientos del ejecutivo moderno", comentaba el diario. Allí mismo, Miguel Angel García, profesor de Sociología en la Universidad de Valencia, explicaba que "las empresas estudian sistemáticamente el rendimiento de los trabajadores y la fórmula más habitual es analizar el rendimiento por objetivos". Esto no quita que aun en los años de rendimientos más positivos los planteles se reduzcan de forma masiva en grandes corporaciones y bancos, señalaba el especialista. La decana de Psicología en la Escuela de Negocios IE University, Cristina Simón, aportaba lo suyo: las empresas, decía, tienden a descartar aquellos perfiles con menos capacidad de adaptación a una cultura más agresiva, más comercial. Sólo que no lo llaman "despido", sino, como prefirió denominarlo falazmente Muir, "estrategias para llevar a buen puerto un proyecto". (...).
jueves, 5 de abril de 2012
domingo, 1 de abril de 2012
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