Tenemos la mala costumbre de mirar hacia un costado y compararnos con lo que tiene el otro, que “siempre es mejor”.
– Mamá, soy la única de la clase que tiene cartuchera chiquita”.
– “Pá, todos tienen celular menos yo”.
– “¿Por qué no podemos ir de vacaciones a…?”.
– “Estoy harto de compartir el cuarto con mis hermanos”.
Los reclamos de este tipo, que nos suenan conocidos, podrían extenderse durante horas y horas, e incluso van variando a lo largo de las distintas etapas. Las demandas no sólo están dirigidas a paliar la escasez de algunos bienes materiales que parecen imprescindibles, sino también a cuestionar situaciones de vida: por qué a mí siempre me va mal en el colegio, no tengo tantos amigos, la casa del otro es mejor… etcétera y etcétera. Pocas cosas desgastan más la convivencia que la queja continua y ésta, hay que aclararlo, no es prerrogativa de los chicos. Nosotros, los adultos, tenemos también muy a menudo la mirada puesta en lo que el otro tiene, en lo que el otro hace o cómo vive. Esa mirada se contagia a nuestros hijos y, así sin darnos cuenta, se va infiltrando en la familia una cultura del inconformismo.
Lo nuestro
Nadie dice que la realidad sea siempre fácil y a todos nos gustaría en algún momento poder cambiarla. El problema está en que, cuando estamos mirando siempre lo ajeno, nos perdemos en el camino la posibilidad de disfrutar y aprovechar lo nuestro. Tendemos a compararnos constantemente y el balance muchas veces nos deja insatisfechos. Y sí, el pasto del vecino siempre es más verde… ¿pero somos conscientes de cuántas energías se nos consumen en este ejercicio diario? Pensemos en cómo nos comunicamos, qué cosas expresamos ante nuestros hijos, en nuestra familia, ante nuestros amigos. ¡Cómo nos cuesta aceptar lo que nos toca vivir! Codiciamos la familia ajena, el trabajo ajeno, las vacaciones ajenas, el auto ajeno y hasta el cuerpo ajeno. La lista sigue y sigue, siempre encontramos algo que no tenemos y muchas veces, cuando nuestros hijos vienen con reclamos, nos sentimos en falta por no poder darles lo que piden. Otras veces hacemos sacrificios enormes para poder construir una realidad que no es la nuestra. Y eso sólo nos trae más infelicidad.
¡Es hora de abrazar nuestro presente! Detener nuestra mirada en nuestra propia realidad, en lo que sí es y dejar de lado lo que nos falta. Enseñemos a nuestros hijos desde chiquitos a valorar lo que tienen, mostrémonos agradecidos y satisfechos por lo que nos toca, asumamos nuestra realidad y vivamos con esperanza, abiertos a lo que el hoy nos quiere enseñar. Así podremos descubrir un mundo de infinitas posibilidades, de riquezas insospechadas que estaban bajo nuestros ojos y no podíamos ver. Porque la envidia nubla la vista e impide el gozo. Así podremos decir, como el sabio maestro de Kung Fu Panda, el presente es un regalo. Y por eso se llama presente…
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